21/07/2021 Clarín - Nota - El País - Pag. 10 [noticia en diferido]

EN FOCO
La campaña en pandemia desnuda la osadía de la clase política
Eduardo Van der Kooy

El ex dirigente y diputado radical de Mendoza, Raúl Baglini, fallecido este año, dejó como uno de los legados de su larga trayectoria un teorema político que parece eternizarse.
Alguna vez explicó, palabras más, palabras menos, que un partido o un dirigente cuanto más lejos están del poder más irresponsables suelen resultar sus postulados.
Al contrario, cuando más cerca se sienten, más sensatos y razonables acostumbrarían a volverse.
Aquel teorema podría tener un apéndice.
Referiría a los políticos en campaña. En una situación inédita: atravesada por una trágica pandemia, que castiga a la Argentina y al mundo. El sentido común aconsejaría un comportamiento austero y prudente. En los últimos días parece descubrirse lo contrario.
La mayoría de las palabras y las decisiones de la clase política transitan la pandemia con temeridad. Y demasiado oportunismo.
Empieza a llover desde el Gobierno de Alberto Fernández un optimismo de débil fundamento.
Ayer, durante un acto en Chaco, el propio Presidente vaticinó que la salida de la pandemia “está a pocos metros”. ¿Dónde?.
Un día antes la ministro de Salud, Carla Vizzotti, aseguró que todo estará mucho mejor en primavera. Algo más: la funcionaria alardeó con el cumplimiento de su cuarentena obligatoria tras el regreso desde el Reino Unido. Algo que soslayó en todas los viajes anteriores.
Serían esos, mensajes que encerrarían mucho riesgo si se presta atención a lo que, de nuevo, está anticipando Europa, Estados Unidos, Israel y el sudeste asiático. Esas geografías, en tiempo estival, sufren otro rebrote del COVID (variante Delta) que dispara los contagios. Todavía con bajos índices de letalidad. Todos han vuelto a los cuidados básicos, dejados de lado. En casos, se aplican restricciones horarias para las actividades y circulación.
Aquel optimismo no se traduce únicamente en palabras. La campaña electoral habría disparado una competencia, en especial en el Ambito Metropolitano (AMBA), sobre medidas de relajamiento que hasta el presente, con mucha pompa, estaban supuestamente regidas por tablas epidemiológicas elaboradas con criterio científico.
Sobresale, sin dudas, la carrera entre Buenos Aires y la Ciudad. El jefe de Gabinete provincial, Carlos Bianco, lanzó la idea del otorgamiento del llamado pasaporte sanitario.
Es decir, una habilitación para que los vacunados tengan derecho a ingresar a bares, restaurantes, shoppings o gimnasios.
Una manera de incrementar el aforo en esos lugares, donde la administración porteña aflojó restricciones con antelación.
La novedad está siendo implementada en Francia, estimulada por el gobierno de Emmanuel Macron, con un doble propósito.
Fomentar la actividad comercial y social. Intentar convencer de vacunarse a sectores que se resisten. Incluso entre el personal de la Salud.
En Buenos Aires no se observa tanta resistencia.
La lenta campaña de vacunación respondería a otras razones. La centralización excesiva que dispuso Axel Kicillof. La falta de información que, pese a todo, aún preva- lece en sectores bien periféricos del conurbano.
El gobernador progresó con otros golpes de efecto. Abrió la inscripción para inocularse a todos los menores entre 13 y 17 años.
Sobre todo aquellos que tienen comorbilidades.
La iniciativa fue adoptada luego del arribo de las 3.5 millones de dosis de la vacuna estadounidense Moderna, cedida sin cargo por la administración de Joe Biden.
Falta un detalle no menor: que el fármaco tenga la autorización de la ANMAT. Están aprobadas Pfizer y Johnson & Johnson. Pero ninguna llegó todavía a la Argentina.
Kicillof fue por más. Autorizó además a vacunarse, sin registro previo, a los mayores de 30 años en los 135 distritos. Aclaró que todavía no cuenta con esa cantidad de dosis.
Habría que esperar.
Horacio Rodríguez Larreta prefirió afincar su fortaleza en el ámbito educativo.
Donde mantiene desde el año pasado una batalla contra el kirchnerismo. Al cual sacó ventajas. El Jefe de la Ciudad anunció que después de las vacaciones de invierno volverían en su totalidad las clases presenciales.
Obligatorias. Con el cómputo de la inasistencia.
En cambio, Rodríguez Larreta no parece convencido de avanzar con el pasaporte sanitario.
El ministro de Salud, Fernán Quirós, no desechó la medida. Pero explicó que todavía hay mucho para avanzar con la vacunación.
Se enfocan en las personas que no fueron inmunizadas, de barrios populares o en situación de calle.
Es cierto que la situación sanitaria en el AMBA muestra una clara distensión. Las UTI (Unidades de Terapias Intensivas) están en la región bien por debajo del 60% de ocupación.
Hace apenas dos semanas alcanzaban el 65%. También resulta comprensible que se intente oxigenar a una sociedad que desde hace más de un año y medio sufre asfixia y fatiga general. Pero la celeridad de medidas y el contenido de los mensajes podrían ser quizás contraproducentes. Un obstáculo si la llegada de la tercera ola, con la segunda aún vigente, obliga a un retroceso y a la adopción de nuevas restricciones.
El Gobierno especula con un cálculo audaz.
Estima que para septiembre (mes de las PASO) podría llevar a los vacunados con ambas dosis del 12% actual a un 30%. La campaña debería agilizarse muchísimo. Esa presunción tampoco alejaría el peligro que posee la nueva ola de la cepa Delta. El promedio de vacunados completos en los principales países de Europa oscila entre el 50% y el 60%. En el Reino Unido casi toca el 70%. Así y todo los contagios volvieron con virulencia.
El osado optimismo de la clase política tiene como motor la campaña y la proximidad electoral. Nadie sabe si el mensaje será suficiente para la convocatoria y la participación.
En un país vecino acaba de suceder una experiencia. El domingo último se celebraron las primarias en Chile, camino a las presidenciales de noviembre. Allí los vacunados con ambas dosis llegan al 62%. Con una dosis al 70%. La asistencia (voluntaria) apenas rozó el 20.3%.

Empieza a llover desde el Gobierno de Alberto Fernández un optimismo de débil fundamento.


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